Emilia debía reconocer que era reconfortante ver que podía hacerle frente, que no se acobardaba como solía hacer el resto en su presencia. Aun así, no le intimidaba en lo más mínimo.
—Millones, lo tengo presente —reconoció sin temor.
—¿Y para qué?, ¿para defender tu ego herido? —le cuestionó, confiando en que eso era lo que había ocurrido.
—No, te equivocas. Creí que me conocías lo suficientemente bien como para saber qué no me dejaría impresionar por ese tipo de tonterías. Créeme que lo que