Camila miró a lo lejos, las olas del mar bailaban de felicidad, una felicidad que ella envidiaba en ese momento.
El hombre se arrodilló para pedir perdón. Pero a ella le pareció un acto muy patético.
—Eres un desgraciado Nataniel, tanto que me prometiste que jamás me harías daño, que jamás me harías lo que hiciste.
Respondió ella entre sollozos de dolor, amargura y tristeza mezclada con desilusión.
—Mi amor, yo te amo, amo a mis hijos y quiero que estemos juntos para esperar a nuestro hijo que