Gabrielle Alighieri, después del escandaloso plantón en la iglesia, regresó a su mansión, donde compartiría su vida con Arielle. Subió a su oficina y sirvió un vaso de whisky y lo bebió, sirvió uno y otro y otro, bebió hasta perder la razón.
Una semana pasó encerrado sin recibir a nadie ni responder llamadas ni mensajes.
Los toques de la puerta llamaron su atención. Y entraron
—¡No quiero ver a nadie! —habló sin mirar a quien pasó por ella.
—Gabrielle. ¿Es así como piensas que Arielle te pe