Cuando salimos del océano, ya era el atardecer. Ni siquiera habíamos almorzado y nos habíamos olvidado por completo de todo lo que debíamos hacer. Estaba demasiado feliz y no podía pensar en otra cosa que no fuera él.
Silvestre y yo nos quedamos sentados en una de las rocas altas y nos limitamos a hablar como hacemos siempre. Charlamos de cosas al azar que los dos no tenemos ni idea de para qué sirve. Mientras estemos charlando, me da igual. Quiero hacer que cada segundo cuente mientras estoy c