Tony sostenía el teléfono, su corazón latía más rápido que un caballo desbocado, pero su mente estaba clara.
— Lo siento, número equivocado — dijo con voz firme, y colgó antes de que su corazón lo traicionara. Respiró profundamente, guardando el teléfono en el bolsillo de sus jeans gastados como si fuera una serpiente venenosa.
Lupita tiró de su pantalón, ajena al drama que se desarrollaba. Su carita redonda irradiaba esa alegría pura que solo los niños pueden mostrar, sus ojos brillantes fijos