—¡Srta. Raven! Espere —grita Carl detrás de mí. Me doy la vuelta y me doy cuenta de que debería haberme despedido de él. Mi corazón dolorido ahoga todo pensamiento racional y mis mejillas se calientan de vergüenza por mi descortesía.
—Hola, Carl —digo sin ganas.
—¿Adónde va con las maletas? —pregunta sin rodeos.
—Me voy a casa con mi padre. Me alegro de que estés aquí, así podré despedirme como es debido —digo. Las lágrimas brotan de mis ojos y amenazan con derramarse. Voy a echar de me