PUNTO DE VISTA DE RAFE
Amaneció el cuarto día. Seguía sentado en la silla, sosteniendo su mano. La vela se había consumido hacía horas, pero nada importaba excepto el vaivén de su pecho, el débil pulso en su muñeca, el hilo del vínculo en mi propio corazón.
No había dormido en tres días, porque cada vez que cerraba los ojos, lo veía convulsionar, veía su cuerpo arquearse sobre la cama, veía la espuma en las comisuras de sus labios.
Así que los mantuve abiertos para seguir observándolo y esperan