—¡Grasya! ¡Grasya! —rugió Severen, corriendo hacia el auto que esperaba. Pero antes de acercarse, los hombres uniformados le bloquearon el paso—. ¿Esto es algún tipo de sindicato? ¿Adónde se la llevan? ¡Los voy a denunciar! ¡Esto es un secuestro!
Los hombres no dijeron nada. Sus expresiones inexpresivas y frías no se movieron ni un milímetro.
La frustración de Severen estalló. Era como gritarle al vacío.
—¿Están sordos? ¿Tienen idea de quién soy? ¡Soy Severen Morenzo! ¡Apártense! ¡Conozco a