70. Sinsabores
Quería besarla y confesar todo lo que se había guardado desde que la dejó partir de aquel hotel en Monterrey, pero en su lugar, la observó en silencio, cautivado por la forma en que sus ojos recorrían el paisaje.
El atardecer bañaba su rostro con una luz dorada, resaltando cada una de sus facciones.
La había traído al lugar que consideraba su verdadero hogar, esperando poder compartir con ella un pedazo de su vida.
—Es hermoso —dijo Andrea, admirando la extensión del terreno—. ¿Creciste aquí?