60. Un movimiento más
El sabor dulce de sus labios aún seguía en su paladar y aunque Javier sabía que no debió hacerlo en ese lugar, todo raciocinio se desvaneció al escuchar el suave ritmo de la respiración agitada de Andrea junto a la suya.
Lleno de frustración exhaló y permitió que ella tomara cierta distancia hasta que escuchó una voz gruesa a sus espaldas.
—¿Andrea?
Javier se giró para ver al intruso, un hombre con una sonrisa pulida y una inmaculada bata blanca.
A su lado, Andrea cerró los puños y un leve te