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Después de apresurarse a subir por la empinada duna, Enza se refugió en la tienda, perturbada. Las impresionantes cicatrices que llevaba ese hombre eran dolorosas de mirar, incluso si irradiaban una especie de poder, realzando la personalidad del jeque. ¿Él las había visto?

Enza tragó saliva mientras se pasaba una mano por el pelo, sin saber qué hacer consigo misma. Casi sentía como si hubiera violado su intimidad. Pero, ¿no lo había hecho él en la jungla?

— No pongas esa cara —dijo una voz det
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