Desde el balcón, Radjhar observaba a lo lejos el último rastro de humo que se escapaba de los establos reales dañados por el incendio provocado por Yussef. Se tocó el brazo, envuelto en un vendaje, con una mirada impasible frente a la tragedia que había atraído a cientos de personas durante dos días. Hoy, la multitud era menos numerosa, pero los periodistas continuaban haciéndolo noticia de portada. De hecho, lo que había sucedido no dejaba de recordar el trágico y monstruoso asesinato de su pa