No fue un estallido. Fue un gesto.
Uno solo.
Pequeño.
Lo suficiente como para que nadie pudiera fingir después que no lo había visto.
La mañana comenzó con una normalidad inquietante. Demasiado limpia. Demasiado ordenada. Umbra Lux había aprendido, en cuestión de días, a moverse sin esperar órdenes visibles, a distribuir tareas sin levantar la voz, a revisar decisiones sin convertir cada desacuerdo en una amenaza directa. Era una coreografía nueva, torpe todavía, pero real. Y, como toda