El olor a Sombra de Hielo era tan penetrante, tan inconfundible en el aire viciado del establo, que por un instante temí que fuera otra ilusión. Miré a Ashen. Él había dejado de trabajar, la horquilla a medio levantar. Sus fosas nasales se dilataron y sus ojos, por una fracción de segundo, perdieron su fingida locura y mostraron la aguda concentración del cazador. Me miró. Asintió una sola vez, un movimiento casi imperceptible. Era real.
Un torbellino de pensamientos me asaltó. Hecate. Su línea