Las palabras de Syrah, "nos aseguraremos de que te quedes muerta", no fueron una amenaza. Fueron una sentencia. Y sus verdugos no perdieron el tiempo en ejecutarla.
Por un instante, el mundo pareció contener la respiración. El único sonido era el aullido del viento en la cima de la colina. Luego, con un grito de guerra gutural, los guerreros de Rheon avanzaron. Eran un muro de músculo y acero que se abalanzaba sobre nosotros desde la izquierda, sus espadas brillando débilmente a la luz de las a