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—¿Estás molesta? —le preguntó Zack a Amelia cuando al fin llegaron a una preciosa cabaña frente al mar, que tenía un precioso porche en madera y palmas. Una hamaca se colgaba de uno de sus columnas de madera a la otra, meciéndose levemente por el viento.

Todos los demás ya habían entrado llevando su equipaje y el de Zack, sólo ellos se habían quedado un poco rezagados, a propósito. Amelia se ech&oa

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