La cita aplazada

—Señor, está usted muy pálido —exclamó Alex, presa del pánico, desde el asiento del conductor al ver mi expresión a través del retrovisor central.

Me masajeé las sienes, que me latían con dolor. No sé por qué, pero de repente sentía la cabeza muy mareada y extraordinariamente pesada. Y eso que no creía haber bebido en exceso la noche anterior.

—Vamos a desviarnos al hospital más cercano, señor. No quiero que le pase nada malo —sugirió Alex de nuevo con expresión preocupada.

Me quedé en silencio
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