Sus grandes y cálidos dedos comenzaron a desabrochar mi sujetador con sumo cuidado. En cuanto se soltó aquella prenda de encaje, sus palmas se posaron en mis pechos con una suavidad embriagadora.
Cerré los ojos con fuerza, saboreando cada centímetro de su cálido tacto que me quemaba la piel.
Un suave gemido volvió a escapar de mis labios cuando Javier inclinó la cabeza y se llevó la punta de mi pecho a su cálida boca.
—Ahh… Javier…
Sin darme cuenta, mis dedos se movieron para agarrarle un mechó