Amor Profundo
Amor Profundo
Por: Anne Mon
¡No lo haré!

ATENEA, GRECIA

CRISTÓBAL

Llevaba horas sentado enfrente de mi escritorio, tratando de procesar lo que mi madre me había dicho anteriormente.

«Quiero que seas feliz, que tengas una esposa y una linda familia, esos son mis deseos».

Quería conseguir hacer eso para ella, más que hacerme feliz a mí, quería hacerla feliz a ella, pues estaba enferma y los doctores no nos habían dado tantas esperanzas. Mi madre tenía un tumor cancerígeno, cada vez esa enfermedad la deterioraba más y más.

El día que fui a visitarla me dijo esas palabras, que deseaba verme casado y con hijos, pero era imposible darle esa dicha, pues ya tenía un tiempo de haber terminado con mi última pareja.

Eso me hizo recordar aquel momento, cuando eché a esa mujer de mi vida.

—¿Así que trataste de verme la cara de tonto todo este tiempo? ¿Creíste que podías seguir engañándome? —cuestione, tratando de controlar la furia, pero ya era imposible no hacerlo.

—No sé de qué hablas, Cristóbal. —Se hizo la inocente, pero no caí en su juego manipular.

—Ya no mientas, Samantha, lo sé todo… —elevé el tono de mi voz. —Sé que te revolcabas con mi socio, sé todas las veces que lo hiciste, quería ver el nivel de tu desfachatez. Me das asco.

Su gesto de confusión cambió a uno de preocupación, varias lágrimas de sus ojos salieron; sin embargo, ya nada de lo que dijera o expresará le creía. Ahora estaba seguro de la clase de persona que era Samantha, y claramente ella no iba a hacer la mujer que quería a mi lado por el resto de mi vida.

Me suplicó, me lloró y hasta se arrastró a mis pies, y, aun así, la ignoré, si en algún momento llegué a sentir algo por ella, aquello ya se había acabado hace un largo tiempo.

Ese día la eché por completo de mi vida, y desde entonces no he sabido nada de ella. Fue lo mejor que pude haber hecho, me estuvo engañando por meses y creyó que nunca me daría cuenta de su infidelidad.

No quise contarle nada a mi madre, me limité a decirle que había terminado con Samantha, cosa que le alegró en ese instante. ¿Entonces cómo se suponía que quería que tuviera una esposa y una familia?

Llevaba días dándole vueltas a ese asunto en la cabeza. Ni quisiera podía concentrarme bien el trabajo.

En unos días más zarpará el siguiente crucero, mi idea es llevar a mi madre conmigo, espero que logre descansar, tal vez el mar le haga bien. A ella le encantará, y seguro estará muy feliz, mientras yo trabajo.

Suelo frecuentar más los cruceros, siempre había preferido trabajar desde uno de ellos, sentía que era menos estresante que estar encerrado en un edificio.

Era dueño de una embarcación de cruceros en toda parte de Grecia, llevaba años con el manejo embarcaciones de turismo y era bien conocido en todo ese alrededor.

Ahora me encontraba en Atenas, dónde tenía la empresa administrativa encargada de todos los puestos de Grecia. En unos días más saldrá el crucero que se detendrá en cada puerto de Grecia.

Unos golpes en la puerta me hicieron salir de mis pensamientos.

—¿Se puede? —asomó la cabeza mi amigo Héctor.

—Claro, pasa — indiqué.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí, ¿por qué no lo estaría? —Me puse de pie.

—Porque conozco ese gesto tuyo que tienes ahora —señaló en dirección a mí.

No me había dado cuenta lo molesto que estaba, con nada más recordar el engaño de Samantha, ya me sentía furioso.

—Ya sabes, cosas del pasado. —Siempre le contaba mis asuntos, pues él me conocía de toda la vida.

—El pasado, pasado es, y como tal debe quedar ahí —verbo a su manera. —Así que sacúdete esos recuerdos de tu mente y ven conmigo a la sala de juntas. Los inversionistas están a punto de llegar.

Por unos minutos había olvidado ese detalle. Definitivamente, esa mujer sacaba lo peor de mí.

—Tienes razón, el trabajo es primero. —Comencé a caminar hacia la puerta, dónde me esperaba mi amigo.

—¿Sabes algo?, ese paseó que haremos, te servirá de mucho, ya lo verás. —Trató de animarme.

Su seguridad me dejaba pensando lo mismo.

**

Lavrion, Grecia

SOPHIE

—¡Te casarás, ya dije! —Rugió furioso Charlie Dimou, el hombre que decía ser mi abuelo.

¿Qué culpa tenía yo, y por qué razón tenía que casarme con alguien que nunca había visto en mi vida?

Me invadió la furia, pero la valentía pudo más que todo y le respondí sin siquiera derramar una lágrima.

—¡No lo haré! — vociferé intensamente. —Jamás me casaré con un desconocido, y sin estar enamorada de esa persona.

—Ya veremos si no lo haces —sus palabras estaban cargadas de amenazas. —Es tu obligación y tendrás que cumplir.

Negué varias veces con la cabeza mientras retrocedía.

En ese momento, rápidamente se acercó y me tomó del brazo bruscamente para luego tirar de él y llevarme consigo arrastrando por el pasillo de la casa grande.

—¡Suéltame, abuelo! — forcejeé para soltarme, pero no lo conseguí.

Subió conmigo las escaleras hasta la planta alta y me llevó hasta mi dormitorio, luego me soltó violentamente, que me tropecé y caí de rodillas en el suelo.

Reprimí un quejido de dolor por el golpe.

—Te quedarás aquí encerrada hasta que entres en razón y si eso no ocurre, entonces saldrás hasta el día de tu boda —sentenció mientras me observaba con desprecio.

Luego de decirme todo lo que quería, cerró de golpe la puerta, escuché el sonido de la cerradura del otro lado de la puerta e inmediatamente me puse de pie, con dificultad porque me había lastimado el tobillo después de haber caído.

—¡No, no puedes hacerme esto! — grité, mientras golpeaba la dura madera con mis puños. —No me encierres abuelo, no puedes tenerme prisionera, esto va en contra de mi juicio. ¡Es injusto lo que estás haciendo!

Continué aporreando la puerta hasta terminar agotada, sabía que ya era inútil seguir insistiendo, pues habían pasado muchos minutos desde que me encerró y se fuera.

¿Ahora que iba a hacer? No podía escapar como el otro día que lo intente, fui hallada muy pronto y me trajeron devuelta a esta casa.

Este era el infierno.

He vivido prisionera en esta gran casa durante casi toda mi vida. Mis padres murieron cuando tenía diez años, después de eso fui dada a mi abuelo paterno para que cuidara de mí. Sin embargo, fue lo contrario, pues Charlie Dimou, el hombre que más detesto ahora, nunca fue el abuelo amable que debió ser.

Era un hombre lleno de crueldad y resentimiento, algo que todavía no lograba entender. ¿Por qué era tan duro conmigo? ¿Qué castigo tenía que pagar yo?

Era lo que siempre me preguntaba, pues no era la primera vez que me obligaba a hacer algo que no quisiera hacer.

Era imposible salir de estas cuatro paredes que parecían una fortaleza. No me quedó de otro modo que resignarme, pero solo iba a hacer por este momento, en una próxima oportunidad que tenga, huiré de aquí muy lejos y nunca más volveré.

**

Días después…

Ha llegado el día de mi funeral, porque así me sentía, muerta, sin nada de vida, y más ahora que me miraba en el espejo vistiendo este vestido de novia.

Mi abuelo se salió con la suya, me encerró en mi dormitorio por casi un mes, y ahora estaba aquí de pie, vestida de esta manera, con un rostro que no transmitía ninguna emoción, ni siquiera coraje.

Simplemente me sentía vacía.

Charlie Dimou, estaba acabando conmigo hoy, todas mis esperanzas de algún día ser feliz, se esfumaron de un momento a otro. Luego de este cruel matrimonio, ya nada me iba a importar.

Unos golpes en la puerta se escucharon; sin embargo, no le puse atención, continúe con la mirada fija en el espejo que tenía enfrente, estaba perdida en la nada.

—Mi hermosa e inocente futura esposa —dijo una voz masculina.

Logré surgir de mi ausencia y me giré para ver a esa persona. El hombre era alto, de cabello castaño y tenía una mirada que no me agrado nada. Me puse tensa al notar como estaba vestido, caí en cuenta con sus anteriores palabras.

¿Futura esposa?

Eso quiere decir que él es…

Comenzó a caminar, mientras lo hacía, sus ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo.

—Ni se le ocurra acercarse —le advertí con mis brazos extendidos mientras negaba con las manos. —Si se acerca gritaré muy alto.

No le importó mi amenaza, continuó acercándose hasta arrinconarme contra la pared. No podía escapar, el hombre presionó su cuerpo con el mío y después se inclinó un poco hacía mi cara.

—¿Intentas escapar de tu futuro esposo? —pronunció bajo contra la piel de mi mejilla.

Me dio un escalofrío. Estaba aterrorizada, por mucho que fuera mi prometido para mí era un desconocido.

—No se atreva a tocarme o… —me cortó de inmediato.

—¿O qué? —pasó los nudillos de sus dedos por mi mentón y después por mi mejilla. —Tú ahora eres mía y muy pronto no habrá ningún impedimento para que estemos juntos. —Con eso dejaba claro quién era en realidad.

—Pero yo no quiero estar con usted —solté. El hombre me tomó de la cintura con mucha fuerza y termino por cortar el poco espacio entre nosotros para después besarme en el cuello. —¡No, déjeme! —Luche con mis manos en puños golpeando sus brazos, pero era imposible apartarlo de mí.

No me importaba que fuera el hombre con el que me iba a casar, no iba a dejar que me tocará y me besará cómo lo estaba haciendo ahora.

Cómo pude me removí y conseguí mover una de mis piernas, la levanté de un modo brusco que hizo que mi rodilla impactará en sus partes íntimas.

—¡Perra! —masculló.

El hombre se retorció de dolor mientras se inclinaba para agarrarse la parte afectada, mientras yo aproveché para apartarme de él.

Por mi mente cruzó lo de escapar, y no lo dude ni un segundo. Miré devuelta hacía el desconocido, seguía sumergido en su dolor. Luego observé hacia la puerta, estaba medio abierto.

Tomé la parte de mi falda en puñados para levantarla y corrí a la puerta para escapar.

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