Fernando respondió con resignación: —Jefe, soy yo.
Diego extendió la mano y palpó: —¿Y Clara?
—Estás soñando de nuevo.
—¿Un sueño? —Diego frunció el ceño. Pero ¿por qué le parecía tan real ese sueño, tan real que podía sentir claramente la elasticidad, la textura y la temperatura de la piel de Clara, como si su voz aún estuviera en sus oídos?
—Sí, probablemente la señora esté a miles de kilómetros de aquí. ¿Cómo podría estar aquí?
El corazón de Diego se sintió vacío, como si hubiera conseguido s