El rostro del niño tenía varias raspaduras, sus dedos estaban llenos de marcas, y esa pequeña mano estaba manchada de sangre, lo cual resultaba desgarrador de ver.
Cuando le aplicaba el ungüento, él permanecía inmóvil, con lágrimas dando vueltas en sus ojos, pero se contenía y no lloraba.
El tío Mendoza miró al niño fijamente durante un buen rato, tenía la sensación de que le resultaba familiar, se parecía mucho a una persona conocida.
Después de limpiarlos, el tío Mendoza hizo algunas preguntas