El suave resplandor del sol se derramaba desde la ventana, bañando a Diego de espaldas a la luz, cubriéndolo con una delicada capa dorada.
Sus rasgos rígidos también se volvieron mucho más suaves, y él se sentaba allí en silencio, mientras diminutas partículas de polvo flotaban a su alrededor.
En ese momento parecía como si el tiempo se hubiera detenido y hubieran regresado a aquellos primeros encuentros.
Sin embargo, en tan solo unos pocos años, todo había cambiado.
Un largo silencio reemplazó