Daniel quedó totalmente al descubierto, sin ocultar ni un ápice de su arrogancia, destacando en contraste con la serenidad de Diego.
Se acercó paso a paso hacia Clara y extendió la mano hacia ella: —Cuñada, espero que lo pasemos bien en el futuro.
Ante su mirada maliciosa, Clara no le estrechó la mano y pasó junto a él para sostener al anciano: —Abuelo, te acompaño a tu habitación.
El anciano asintió y se levantó lentamente para regresar a su habitación. El mayordomo lo observó con resignación m