Clara se apresuró a explicar: —Abuelito, despierta, soy Clara, no Dalia.
El anciano la miró fijamente durante un rato y apretó los dedos que sostenían su muñeca.
—No, imposible, tú eres Dalia, no intentes engañarme.
Clara estaba perpleja. ¿Qué les pasaba a estos miembros de la familia López? Desde el anciano hasta los niños, todos parecían tener problemas mentales.
Justo cuando Clara no sabía qué hacer, Diego apareció y se acercó unos pasos, apartando la mano del anciano. —Abuelo, ella es mi esp