La habitación era grande y solo una lámpara de pared estaba encendida. Clara llevaba un fino camisón y no tenía zapatos, acurrucada en un rincón.
Su rostro estaba lleno de terror, y Diego se preocupó profundamente, corriendo rápidamente hacia Clara.
—Clari, ¿qué te pasa?
Como si hubiera encontrado su última tabla de salvación, Clara se lanzó hacia los brazos de Diego.
Diego vio las lágrimas en su rostro y su corazón se apretó de dolor.
—No llores, ya estoy de vuelta.
Aunque Diego estaba empapado