Diego, desde que supo del embarazo de Clara, vivía atormentado cada minuto y cada segundo. Reprimía ferozmente su naturaleza salvaje, temiendo hacerle daño a Clara.
Aun así, la ira en su pecho crecía día a día, y la envidia lo había controlado por completo.
Se preguntaba una y otra vez por qué el hijo no era suyo, para así no tener que sufrir de esa manera.
Mientras Fernando le curaba las heridas, intentaba consolarlo: —Jefe López, cálmese, no se haga más daño.
Diego sonrió amargamente. —Fernand