Diego no desveló su torpe mentira y permaneció junto a la mesa, diciendo: —Ve a lavarte las manos y ven a comer.
La luz iluminaba al hombre, que ya no llevaba trajes elegantes ni corbatas. La suavidad de su suéter de lana le daba un toque de calidez, incluso su rostro, que antes irradiaba frialdad, ahora tenía un aspecto más cálido.
En la cintura, todavía llevaba el delantal que ella misma le había comprado hace tres años, como si nada hubiera cambiado.
Clara corrió hacia él con una sonrisa al v