Simón regresó a la sala privada con una ligera sonrisa en los labios. —Perdona la espera. Ya he encargado que se ocupen de tu problema, así que no tienes de qué preocuparte.
El rostro del hombre lucía pálido y enfermizo, pero cuando sonreía, un pequeño hoyuelo aparecía en su mejilla izquierda, lo que le daba un aspecto mucho más amable.
—Te agradezco mucho, señor Suárez, pero parecía que no estabas bien. ¿Por qué no te tratas en un hospital? Si vuelves a desmayarte como la última vez, podría ser