Todos los presentes tenían el corazón en un puño. Pero la voz que se escuchó provenía de de la boca de Diego, y todos estaban atentos, con los ceños fruncidos.
Diego disparó, y en sus ojos se vislumbró un destello de admiración. —Bien hecho, chico. Eres valiente, pero su destino ya está sellado.
Se acercó a Hernán, justo en ese momento, Hernán sacó rápidamente su arma y la apuntó a la cabeza de Diego.
—¡No te muevas! —varias armas se apuntaron hacia Hernán desde todas direcciones, revelando que