Estos días, Diego apenas había dormido unas pocas horas cada noche. Incluso se había sumergido en el mar innumerables veces hasta llegar al punto de agotamiento, hasta que Fernando finalmente lo detuvo.
—Jefe, si sigues así, vas a morir. Llevas todo el día sin dormir y buceando.
Diego estaba sentado en la cubierta, sin saber cuántas veces se había sumergido ese día. Su mirada había perdido enfoque y sus manos y pies temblaban inconscientemente. Su cuerpo estaba al límite.
Sus ojos estaban enroje