Antes de que Harvey pudiera terminar su oración, la palma de Sotiria ya había aterrizado con fuerza en su mejilla grasienta y regordeta.
El dolor en su rostro era abrasador y hormigueante. Sin embargo, Harvey no se molestó en gritar de dolor debido a la intensa conmoción y humillación. Él miró a Sotiria con incredulidad. “¡P*ta! ¿Cómo te atreves a abofetearme? ¡Soy tu padre!”.
“¡No! ¡Tú no eres mi padre!”.
Sotiria había reunido cada gramo de energía en su pequeño cuerpo cuando le dio esa bofe