“¡Ah, no te acerques más! No… No me quites la ropa. No… ¡No! Ah… Me siento tan caliente. Bésame…”.
La voz de Melina desde el garaje cambió de un tono de resistencia a anhelo.
Luego escucharon oleadas de ruidos que harían sonrojar a cualquiera. Sotiria casi podía adivinar lo que esos hombres estaban haciendo con Melina. Sin embargo, fingió no escuchar nada y con determinación caminó más y más lejos.
Si Zachary no hubiera llegado a tiempo ayer, las cosas que ella y esos dos hombres habrían hech