CAPÍTULO CIENTO NOVENTA
Cuando Emily vio de quien se trataba, exhaló todo el aire que sus pulmones estaban aguantando. Una sonrisa se extendió por sus labios rojo y deslizó el botón de contestar, que automáticamente en la pantalla apareció una niña de ojos verdes brillante y flequillo negro como la noche. Tenía los labios pintados de rojos, ya que le había sacado el labial a Emily.
—¡Mami! ¡Mami! —gritó Ada con voz chillona—. ¿Dónde estás? —hizo un puchero—. Te extaño.
Ada le había pedido a s