—Ah, ahí te equivocas. No sé sobre las demás, pero yo... tengo el corazón de piedra.
Manuel no pudo contenerse y soltó una carcajada.
—¿Por qué te ríes tanto? —protestó Paula.
—¿Qué quieres que haga? ¿Que llore?
—Podría ser, te pasaría pañuelos.
Manuel sacó su encendedor.
Paula hizo un gesto con la mano.
Él le pasó el encendedor, pensando que tendría la cortesía de encenderle el cigarrillo, pero...
¡Paf!
Paula le apartó la mano de un golpe: —¡Quiero un cigarrillo! ¿Para qué me das el encendedor?