Lemi Murabak
En cuanto el avión aterrizó en Kudsi, mi corazón empezó a latir más deprisa. La ansiedad, mezclada con la expectación, se apoderó de mí, pues sabía que iba a reunirme con personas a las que quería profundamente. Abrí la puerta del avión y, con el bastón en una mano, bajé las escaleras.
Estaba acostumbrada a las miradas de la gente, el hecho de que cojease llamaba la atención de todos los que me rodeaban. Antes me molestaban las miradas curiosas y prejuiciosas, pero ahora, con los a