—Tu rostro siempre me hace confundirte con él. Pensaba que eras Carlos, que mi Carlos seguía aquí. Todo es culpa mía.
Felipe entrecerró los ojos.
—¿Ahora ya lo tienes claro?
Su voz era fría, sin el menor rastro de calidez.
El llanto de Jenifer se detuvo por un instante.
—Yo... Yo lo sé, lo sé perfectamente. Pero a veces no puedo evitarlo. Felipe, de ahora en adelante no vuelvas a buscarme ni a mí ni a los niños. Así Lucía no se enfadará. Cuando se enfada, no solo habla mal de mí, también puede h