Max miró el postre y regresó su espalda a la silla. Levantó la mano, haciendo que el mesonero se acercara de inmediato.
—Para llevar. —Le entregó también una tarjeta negra.
—Muy bien, señor.
Cuando el mesonero se retiró, ella ya no le miraba, pensando que él tenia razón en absolutamente todo, también en lo innecesario que fue contarle esa parte íntima de su vida, añadiendo a esos pensamientos explicaciones, como la de comprender que a él no le gustó que desapareciera y que se le escapara se s