KAEL
El aire en el Reino de los Dragones siempre tenía un aroma distinto: más antiguo, más profundo. Llevaba el peso de los años, de la historia grabada en cada ráfaga de viento que barría las cumbres. De pie ante el Consejo de Ancianos, el vasto salón de obsidiana vibraba con energía, y los fosos de fuego proyectaban sombras que trepaban por las antiguas piedras.
—Naciste para gobernar, Kael —afirmó la Anciana Vyrrin, con sus ojos dorados atravesándome—. No puedes esperar más.
No parpadeé.
—