MARISSA
Los pasillos del castillo nunca se habían sentido tan fríos.
Incluso con el calor reconfortante de las antorchas danzando a lo largo de las paredes de piedra, un escalofrío se hundía profundamente en mis huesos. No era por el aire nocturno, ni por la tensión que se había espesado desde que regresaron los trillizos.
No, era algo más.
Era miedo.
Miedo por ella.
Por mi hija.
Alexia.
Por fin estaba aquí, de vuelta en casa donde pertenecía, pero no en las circunstancias por las que yo