38. LA VERDADERA TENTACIÓN
Es ya muy tarde cuando regreso al convento. La campana de la entrada suena con un eco pesado, como si reprochara mi tardanza. La monja que abre el portón me observa con una mirada severa, pero no dice nada. Con un leve saludo, avanzo directamente hacia mi habitación, ansioso por el refugio de la soledad. Allí espero encontrar el espacio necesario para calmarme y meditar.
Jamás había librado una batalla tan feroz contra mis propios deseos.
Aflojo mis ropas con manos temblorosas y saco del bolsil