No es solo un ciervo, sino un ciervo enorme, del tamaño de un ciervo.
—Mierda. —Solté un grito estruendoso.
El ciervo asustado hace saltar su ágil cuerpo justo encima de mi coche, del tamaño de un zapato de bebé.
Se oye una fusión de ruidos, traqueteos y explosiones, mientras mis gritos se unen al alboroto.
En un torbellino, mis neumáticos chirrían y rechinan contra el asfalto.
—Oh, joder. Argh.
Está claro que vivir tan cerca del mar me ha convertido en un pirata. Malhablado y todo.
Erupciones