Me siento mareada y con muchas ganas de vomitar. Mis piernas tiemblan tanto que apenas puedo caminar. El dueño del club me sujeta del brazo y me lleva a rastras hacia el interior del establecimiento. Esto me pasa por abrir la boca de más.
―Le aseguro que no voy a poder ayudarlo ―intento convencerlo para que me deje ir―, era de noche y mi visión estaba un poco borrosa.
Me ignora por completo.
―¿Vaciaron el club?
Pregunta el hombre con su voz profunda y poderosa. Atravesamos los corredores del