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CAPÍTULO 6. Tres noches para decir adiós.

CAPÍTULO 6. Tres noches para decir adiós.

—Solo por esta vez —gruñó Jordan entre dientes, levantándose de nuevo para mirar a Katerina, pero nada de lo que pudiera decir después, ni justificaciones ni compensaciones, podían cambiar el hecho de que había elegido. Y no la había elegido a ella—. Kat, ahora tengo que salvar el proyecto, esto solo es un error… una formalidad.

—No, es una elección, Jordan —murmuró Katerina con voz dura.

—Por favor, entiéndeme.

—No eres pobre ni tu empresa irá a la ruina por una simple corrección de nombres y asistentes. No me estás pidiendo que te entienda, me estás pidiendo que me calle para mantener tu conciencia tranquila.

—¡Pues callarse es lo que hace una buena esposa! —escupió Jasmine con tono venenoso—. Mi hijo te dio su apellido, su protección, su techo, lo menos que puedes hacer es aprender tu lugar.

—¡Mamá, cállate! —le gritó Jordan, y estaba más pálido él por escuchar eso que Katerina.

—Vaya, suegrita, al fin se atrevió a decir delante de su hijo lo que se ha cansado de repetirme cuando estamos solas —murmuró la muchacha levantando la barbilla—. Lleva un año recordándome todo lo que le debo a Jordan por casarme con él… pero le aseguro que no le debo mi dignidad.

Se dio la vuelta y salió de allí con paso firme, y no vio cómo Jordan miraba a su madre con impotencia, ni escuchó cómo le advertía:

—¡Tú y yo vamos a hablar de esto más tarde!

Pero no importaba, porque después de aquella elección, para Katerina “más tarde” no había nada que salvar.

Se metió en su habitación y pasó el seguro justo a tiempo para que Jordan no pudiera entrar.

—¡Kat, Kat abre! ¡Es un maldito malentendido!

—Si quieres entrar, tira la puerta, sino duerme en otro cuarto —siseó ella sin inmutarse y lo escuchó rezongar entre dientes mientras se iba, porque obviamente no iba a tirar la puerta.

Katerina se sentó en el borde de la cama y dejó que por un segundo aquella lágrima corriera por su rostro. Lo amaba. Eso no podía negarlo. Pero también venía de una familia que le había enseñado que el amor no es justificación para herir y mucho menos para aguantar.

Se sentó delante de su computadora y pasó la noche escribiendo, y para la mañana siguiente, la impresora del estudio sacaba página tras página de un contrato blindado que puso encima de la mesa del desayuno.

El mismo contrato con el que Jordan se atragantó antes que con el café.

—¡Kaaaaaaat! —vociferó soltando los papeles como si quemaran, y la miró con ojos desencajados cuando la vio de brazos cruzados en el marco de la cocina—. ¡¿Un contrato de divorcio?! ¡¿Es una puta broma?!

—No.

—¿Cómo…? —Por un momento se interrumpió y el magnate que sabía imponerse regresó a él—. ¡Tira eso a la basura! ¡No nos vamos a divorciar por un maldito error de imprenta!

—No. Nos vamos a divorciar porque prefieres llamarlo “error de imprenta” antes que reconocer que tu hermana lo hizo a propósito.

—¡Deja a Angela fuera de esto!

—¡Si estuviera más metida estaría en tus malditos pantalones, Jordan! —exclamó ella con los ojos echando chispas—. ¡Mi maleta está lista, firma el divorcio y me largo esta misma tarde!

Y esas fueron las últimas palabras que salieron de su boca antes de que él cruzara los pocos metros que los separaban. Y su cuerpo se estampó contra el de Katerina, empujándola contra la pared.

—¡Nunca voy a firmar eso! —Su voz se convirtió en un gruñido bajo y feroz que vibró en el aire entre ellos—. ¡Tendría que estar loco para dejar ir a mi mujer!

—¡Me dejaste ir anoche!

—Lo de anoche lo voy a arreglar, pero tú no puedes dejarme. Tú eres mía, y no vas a dejar de serlo por una discusión.

Por un segundo Katerina pasó saliva. El hombre que tenía delante no era el Jordan que conocía, el hombre que le hacía el amor con caricias suaves, como si le diera miedo romperla. Este era un depredador que no se molestaba en ocultar que la presión estaba a punto de hacerlo estallar.

Su boca se cerró sobre la suya con un beso que no era reconciliación ni desesperación. Era un acto de conquista, brutal y posesivo. Sus dientes mordieron su labio inferior justo antes de que su lengua la invadiera, reclamando cada rincón, saboreándola como si fuera su propiedad. Una mano se cerró sobre las muñecas de Katerina y ella empezó luchando, pero solo unos segundos antes de que una rendición silenciosa se apoderara de su cuerpo.

Con un movimiento brusco, Jordan destrozó la bata de seda y su boca fue a devorar sus pechos, endureciéndole los pezones mientras un gemido ahogado salía de sus labios.  Su boca era un rastro de fuego, y por donde pasaba quemaba tanto como sus manos.

Katerina jadeó cuando sintió el tirón brusco de sus bragas y la tela cedió con un desgarro húmedo.

—Nadie más te hará sentir así —siseó él contra su piel, con aquella voz ronca de lujuria—. Nadie.

El sonido del cinturón abriéndose la hizo cerrar los ojos, y un segundo después sus piernas estaban alrededor de Jordan, mientras su sexo se volvía un volcán contra su miembro.

¿Qué siempre lo había deseado? Sí. ¿Qué podía follárselo mientras se blindaba el corazón? También.

—Dime de nuevo que me quieres dejar —gruñó él contra su boca mientras se hundía en ella con una embestida profunda y brutal.

Katerina gritó, y un sonido ahogado de dolor y placer se perdió en la boca de Jordan cuando volvió a besarla.

—Dime… que quieres… dejarme… —la retó mientras el ritmo se hacía violento y perfecto.

La follaba contra la pared con una fuerza salvaje, cada embestida la hacía clavarle las uñas en la espalda y revolvía aquel orgasmo oscuro que se formaba en su vientre. El ritmo era implacable, feroz. El mundo de Katerina se redujo a la sensación de ser llenada, poseída, y el dolor se desvaneció, reemplazado por una oleada de placer tan abrumadora que le hizo temblar.

—Eres mía —roncó él mientras su miembro la atravesaba como un ariete con cada embestida—. Mía. ¿Lo entiendes? No puedes dejarme. ¡No te voy a dejar ir!

Y entonces sintió el cambio, la forma en que su sexo se apretaba alrededor de él, y su ritmo se volvió aún más frenético. La mano que sujetaba sus muñecas bajó hasta su trasero, agarrándolo con fuerza para penetrarla aún más hondo.

El orgasmo la golpeó como una ola, y un grito inarticulado de placer escapó de sus labios. Él la siguió casi al instante, con un rugido gutural que vibró en su pecho. Y luego solo hubo respiraciones aceleradas, dos cuerpos que no sabían cómo separarse, y un hombre que volvía a ser dulce.

Jordan la levantó con suavidad y la acostó sobre la cama con una delicadeza que contrastaba con la brutalidad de hacía un momento. Se sentó a su lado y con la yema del dedo, apartó un mechón de pelo pegado a su frente sudorosa.

—Te quiero —susurró—. Hablaremos de esto después del proyecto, cuando todo se calme. Pero no puedes dejarme, Kat. Tú eres mi esposa.

Se inclinó y le dio un beso en la frente, un beso tierno y protector, que por un segundo habría doblegado el corazón de Katerina, si no hubiera sido porque dentro de dos noches él presentaría a Angela como su esposa.

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