Mundo de ficçãoIniciar sessãoCAPÍTULO 4. Cinco noches para decir “Adiós”.
—¡No vuelvas a repetir eso en voz alta! —espetó Jordan mientras su mano golpeaba furiosamente el escritorio.
Era la primera vez en todo su matrimonio que Jordan le alzaba la voz, la primera vez que la miraba como si tuviera derecho a silenciarla. Cualquier mujer en el lugar de Katerina se habría sobresaltado, pero no ella. Ella solo achicó los ojos y captó el mensaje oculto.
—No decirlo en voz alta no es lo mismo que negarlo. ¿Tuviste algo con ella? —lo increpó y esa pregunta bastó para que palideciera un poco.
—¡Katerina, basta! —espetó con el rostro furioso, evitando sus ojos, y eso fue suficiente para que su esposa comprendiera.
—Entonces es verdad —siseó con una sonrisa fría que hizo que Jordan se enderezara—. Tuviste algo con tu hermana.
—¡No es mi hermana, es adoptada! —se defendió él y Katerina casi pudo oler la mezcla de vergüenza, impotencia y arrepentimiento que le daba a su marido tener que aclarar eso.
—¿Entonces por qué no estás con ella? ¿Por qué la enviaste lejos cinco años? ¡¿Por qué te casaste conmigo?!
—¡Tú lo necesitabas! —exclamó él y ahí estaba el golpe, el servicio, la caridad del hombre poderoso, por fin a la luz.
—Eso fue hace un año, no tenías que seguir jugando a la maldit@ familia feliz si solo querías hacerme un favor —espetó ella y el rostro de Jordan se suavizó mientras respiraba hondo y negaba.
—Somos una familia feliz, Kat —murmuró—. Tú eres mi esposa. No hay nada más que discutir.
—Cuando haces por otra mujer lo que no haces por tu esposa, no hay ninguna familia feliz, Jordan —replicó ella con la decepción ahogándole la voz—. Qué bueno que ya comiste, a partir de ahora me ahorraré la molestia.
Se dio la vuelta y salió de allí sin que la rabia en el tono de Jordan llamándola la hiciera temblar. Había crecido rodeada de hombres como él, arrogantes, que no aceptaban un “no” por respuesta, sin embargo había creído que Jordan tenía algo diferente, como una suavidad extraña en los ojos, solo cuando la miraba a ella.
“¡No te muevas! ¡Voy a sacarte de ahí!” Esa había sido la primera vez que había escuchado su voz, peleando furiosamente contra la puerta de su coche.
El pánico en las calles de Odessa había provocado un accidente, el suyo había sido el noveno coche en volcarse, él la había chocado. Y aunque entonces la sangre le corría por la sien, Katerina lo había visto casi como alguien sobrehumano mientras Jordan la sacaba de aquel auto y la cargaba por seis kilómetros hasta el hospital más cercano, porque las vías estaban obstruidas y las ambulancias no lograban pasar.
Las dos horas siguientes se había quedado mirándola como si quisiera salvarla de aquel infierno, hasta que finalmente había hecho su pregunta:
“¿Tienes familia a la que pueda avisar?”
“No” había respondido Katerina. “Mi familia fue desplazada por la guerra, yo soy la única que queda en Ucrania”.
Y podía haber añadido que estaba cerrando la reubicación de cuatro orfanatos a los que su familia patrocinaba, y enviando a los niños a Inglaterra con su primo Aaron, pero no tuvo tiempo porque Jordan apretó su mano.
“Yo puedo ayudarte a salir. Sé que no nos conocemos, pero soy un hombre con cierto poder, si te casas conmigo, podré sacarte del país como mi esposa en menos de una semana. Solo di que sí, déjame ayudarte”.
Y esos ojos parecían tan sinceros que ella había dicho que sí sin pensar demasiado.
Una semana después habían fingido que eran el matrimonio más feliz, besándose para una cámara… pero para Katerina ese beso había sido real y definitivo. Un mes después sabía que estaba enamorada, y un año después se enteraba de que en su matrimonio perfecto había un fantasma del que ni siquiera sabía: Angela.
Katerina subió a su auto y condujo por la ciudad como si no quisiera regresar, pero en el fondo sabía que tenía que hacerlo. La noche estaba cayendo cuando por fin llegó a casa y se sorprendió al ver a Jordan caminando de un lado al otro del comedor, esperándola.
—¿Dónde estabas…?
—El GPS del auto está activado, pide informes —respondió ella pasando a su lado sin mirarlo y Jorden le sujetó el brazo.
—Kat…
—Katerina —corrigió ella y Jordan contuvo el aliento porque era la primera vez desde que se habían casado que ella le negaba ese nombre cariñoso.
—Estás malinterpretando las cosas. Solo fuimos a comer, no hay razón para que estés celosa de Angela —la reconvino mirándola a los ojos y Katerina se soltó despacio.
—De hecho, no hay ni una sola razón lógica para que una mujer sienta celos de que su marido coma con su hermana. La pregunta es: ¿Por qué sentiste la necesidad de aclararme precisamente eso? —replicó Katerina haciendo que el gesto de Jordan se endureciera.
—No hagas esto ahora…
—Entonces vete —siseó ella con fastidio—. La cena en casa de tu madre debe estar a punto de empezar.
—¡Kat, no te comportes así! ¡Sabes lo presionado que estoy con el proyecto del rascacielos! ¡Esa inversión de cuatro mil millones tiene que firmarse! ¡Nada puede fallar!
—Entonces deberías estar en la oficina ocupándote de eso, pero de alguna forma ahora no te pierdes ni una cena familiar, casualmente… ¡ah, sí! Desde que tu hermanita adorada volvió.
Katerina lo vio apretar los puños, pero no bajó la mirada ni retrocedió. Llevaba un año jugando a ser la esposa perfecta, pero ahora veía que eso solo había servido para que Jordan confundiera su amabilidad con ganas de aguantarle cualquier cosa.
—¡Bien, si te vas a comportar como una cría, entonces no vengas a cenar! —gruñó él con rabia y salió del comedor sin mirarla.
Katerina apoyó las manos en la mesa y soltó una maldición baja. Le dolía tanto el alma que ya empezaba a dolerle el cuerpo, tenía ganas de acurrucarse a llorar, a maldecir, a hacer el duelo por un año entero perdido por un hombre que llamaba “comportarse como una cría” al simple hecho de pedir respeto.
En la otra casa ya se escuchaban los brindis, la emoción y las risas, como un mundo perfecto del que estaban intentando echarla a toda costa. Entonces se paró frente a la estufa, preparó una sopa ligera y cruzó aquel jardín como si fuera un campo minado. Entró por una de las puertas de servicio y subió sin hacer ruido a la habitación de su suegro.
El señor Emerson seguía despierto, y sus ojos brillaron cuando olió la sopa.
—¿Otra vez te dejaron sin comer, viejo? —preguntó ella acomodándole la almohada con cariño, porque ese hombre enfermo era la única persona que la había tratado desde siempre con respeto.
—Me mandaron una papilla que no se puede comer… —suspiró el anciano—. Hacen tanto ruido para sí mismos que no pueden escuchar a nadie más.
Katerina apretó los labios y le puso el cuenco de sopa en sus manos temblorosas. Emerson Blackwood tenía corazón de ángel y suerte de pecador. La parálisis había empezado subiendo desde sus pies, y los médicos decían que dentro de seis meses solo podría mover los ojos. Nadie le daba esperanzas, ni tampoco tenían un diagnóstico claro.
—A ti también te dejaron fuera de la cena ¿verdad? —preguntó y ella asintió despacio.
Un instante después el señor Emerson metió la mano bajo las sábanas y sacó un pequeño USB.
— Tienes un buen corazón, muchacha… pero en esta familia eso no se valora, se pisotea —le advirtió, entregándole el USB—. Quizás no puedas entender lo que hay ahí… pero un buen forense financiero entenderá. Si las cosas se ponen difíciles para ti, usa esto para protegerte.







