Apoyé suavemente la mano derecha en su hombro mojado y, de un empujón, la estampé desnuda contra la pared. Con la otra mano le tapé rápidamente la boca para evitar que gritara, que sabía que era lo primero que iba a hacer. Se revolvió con todas sus fuerzas, intentando zafarse de mi agarre desesperadamente. Me encantaba su resistencia, esa lucha. Pegué mi cuerpo al suyo con fuerza, presionando mi polla contra su piel mojada para que sintiera lo dura que la tenía. Si lograba doblarla, se la metería de golpe. Pero tenía que ser un poco paciente.Se le tensó el rostro mientras intentaba liberarse sin éxito. Llegó a poner una mano sobre mi miembro, empujándolo fuerte para que no la rozara, y trató de apartarme de encima, pero no pudo. Al darse cuenta de que no tenía nada que hacer, fue cediendo poco a poco hasta rendirse.En cuanto dejó de luchar, la llamé por su nombre y le solté:—¡Me encanta lo dócil que te pones!Para que le quedara claro quién mandaba, la sujeté con más firmeza. Ella
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