El eco de los tacones de los escoltas de seguridad arrastrando a Mateo fuera de los portones de hierro forjado del Palacio de Aranjuez aún resonaba en el aire estival de Cartaluz, pero para la alta burguesía congregada en los jardines, el mundo entero había dejado de girar. La escena había sido tan rápida, tan implacable y tan absolutamente devastadora que ningún invitado se atrevía a alzar la vista del suelo. Las copas de cristal reposaban intactas en las bandejas de los camareros, y el murmullo de la élite financiera había sido reemplazado por un silencio sepulcral, reverente y teñido de un pánico visceral. Rafael seguía de pie frente a mí, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, como un depredador que acababa de fracturar la columna vertebral de un intruso y evaluaba si quedaba algún rastro de amenaza en el perímetro. La tensión en sus hombros era palpable, una obra de ingeniería muscular tallada en obsidiana pura y rabia contenida. Sin embargo, en cuanto sus ojos neg
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