La tormenta que había sacudido los acantilados de Cartaluz aquella noche se había retirado, dejando tras de sí un silencio denso, pesado y cargado de una electricidad invisible que ninguna tregua con las sábanas podía disipar. Las horas posteriores al enfrentamiento en el despacho se habían consumido en el fervor febril de nuestra pasión, un ritual de posesión y entrega donde Rafael había utilizado su cuerpo como un escudo de obsidiana para sellar mis labios y acallar las preguntas que aún ardían en mi garganta. Sin embargo, cuando los primeros rayos pálidos del alba comenzaron a filtrarse a través de los ventanales de la suite principal, y el peso regular del brazo de Rafael sobre mi cintura me confirmó que por fin dormía, mi mente se activó con una claridad helada y obsesiva. El dosier del Proyecto Génesis me había abierto los ojos, pero las fotografías de hacía diez años y las notas sobre mi etapa universitaria eran solo la superficie de un abismo mucho más profundo. Si Rafael h
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