Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl eco de los portazos y el vacío absoluto que dejó la expulsión de Mateo todavía latían en el ambiente como una descarga eléctrica contenida. Estaba de pie frente al enorme ventanal de la torre corporativa, con la taza de café ya fría entre las manos, observando cómo las diminutas hormigas humanas se movían por las calles de Cartaluz. Pero mi mente no estaba en el tráfico ni en las gráficas bursátiles que parpadeaban en los monitores del despacho; seguía atrapada en la imagen de los nudillos ensangrentados de Rafael y en la furia ciega, casi animal, con la que había deshecho a su propio hermano para borrarlo de la faz de la tierra.
Durante cinco años, mi existencia había discurrido en los márgenes de la comodidad hipócrita de Mateo. Él nunca había levantado un dedo por mí, salvo para señalar mis defectos, para avergonzarme en público cuando no cumplía con los estándares de la alta sociedad o para dejarme plantada en el altar como un trapo viejo. Su violencia había sido sutil, psicológica, hecha de silencios calculados y desprecios diarios. La violencia de Rafael, en cambio, era de otra estirpe. Era una fuerza de la naturaleza, un fuego primitivo y devoto que no conocía medias tintas. Había destruido a su propia sangre, había pulverizado un apellido y había arrasado con un imperio familiar secundario única y exclusivamente porque se atrevieron a manchar mi nombre. Sentí unos pasos firmes y pesados acercarse por la espalda. El aroma inconfundible a sándwich y tabaco caro me envolvió antes de que sus brazos grandes y duros se cerraran alrededor de mi cintura, pegando mi espalda contra su pecho firme con una posesividad absoluta. —Estás muy callada, Vanessa —murmuró su voz ronca contra mi nuca, mientras sus labios rozaban suavemente la piel sensible detrás de mi oreja—. ¿Te asusta lo que viste allá abajo? ¿Te asusta el monstruo que soy capaz de ser cuando alguien se atreve a rozarte? Me giré lentamente entre sus brazos, apoyando las palmas de las manos contra la tela impecable de su camisa, sintiendo el latido furioso y constante de su corazón. Lo miré a los ojos, buscando algún atisbo de duda o remordimiento, pero solo encontré un abismo oscuro y febril de adoración absoluta. —No me asusta el monstruo, Rafael —admití con la voz extrañamente firme, aunque un escalofrío de adrenalina pura recorría mi espina dorsal—. Me impresiona la magnitud de tu locura. Has quemado tu propia familia por mí. Has borrado a tu hermano del mapa con la misma facilidad con la que se firma un contrato. Una sonrisa lenta, oscura y profundamente masculina se dibujó en los labios de mi esposo. Inclinó la cabeza y sus dedos grandes y ásperos tomaron mi barbilla con una delicadeza infinita, obligándome a sostenerle la mirada. —La familia nunca fue más que una empresa para ellos, Vanessa —respondió con un tono despectivo hacia el clan que lo vio nacer—. Y Mateo no era más que un parásito arrogante que no supo valorar el tesoro que el destino le puso en las manos por pura imbecilidad. Yo llevaba diez años observándote desde la sombra, contando los días, construyendo este imperio de acero y millones únicamente para tener la fuerza suficiente de arrancarte de su miseria y poner el mundo entero a tus pies. ¿De verdad crees que me importaría reducir a cenizas a todo Cartaluz si con eso consigo que me mires como me estás mirando ahora? Las palabras cayeron como plomo fundido sobre mis sentidos, derritiendo la última capa de resistencia que quedaba en mi interior. El contraste era tan brutal, tan desgarradoramente hermoso, que me robaba el aliento. Mateo me había tratado como a una molestia barata; Rafael me coronaba como la emperatriz de su existencia a costa de destruir su propio linaje. —Estás loco de remate, Rafael Cisneros —susurré, con los labios a escasos milímetros de los suyos, sintiendo cómo el pulso se me desbocaba. —Completamente loco por ti, reina mía —gruñó él antes de capturar mi boca en un beso devastador, hambriento y posesivo que barrió cualquier rastro de pensamiento racional. Sus manos se deslizaron con una urgencia febril por la tela de mi traje sastre, recorriendo las curvas de mi cadera y apretándome con tanta fuerza contra su pelvis que pude sentir la dureza de su deseo ardiendo a través de la ropa. Mis dedos se enredaron con desesperación en su cabello oscuro, tirando de él para profundizar el contacto, dejándome llevar por la corriente de una pasión que ya no conocía frenos ni reglas. Sin apartar los labios de los míos, Rafael me levantó en vilo con una facilidad pasmosa. Solté un jadeo ahogado cuando mis piernas se enredaron automáticamente en sus caderas, y con zancadas rápidas y seguras, me llevó desde el ventanal panorámico hasta el interior de la zona privada de descanso anexa al despacho presidencial. Me depositó con suavidad sobre la amplia superficie de cuero del sofá Chester, cerniéndose sobre mí como un felino hambriento que por fin reclama lo que es suyo por derecho de conquista. La luz de la tarde filtrada a través de las persianas venecianas dibujaba rayas doradas y sombras sobre su rostro perfecto, iluminando la intensidad salvaje de sus ojos negros. —Dímelo, Vanessa —exigió en un ronroneo áspero contra mi cuello, mientras sus labios trazaban un camino de fuego descendente desde mi mandíbula hasta la clavícula, haciendo que arquease la espalda con un gemido involuntario—. Demuéstrame que estas secuelas, que este fuego que encendí en ti, te pertenecen tanto como tú a mí. —Eres dueño de todo, Rafael... —jadeé, sintiendo que el despacho, la torre y el mundo entero se desvanecían, reducidos únicamente al calor abrasador de sus manos y a la devoción implacable del hombre que había quemado el pasado por mí—. Suyo por completo... hazme tuya. Sus dedos expertos desabrocharon con destreza los botones de mi camisa, liberando mi piel a su toque febril y devorador. En ese refugio de poder y entrega mutua, las secuelas de la violencia y la humillación inicial se transformaron en el combustible de una nueva vida; una dinastía construida sobre las cenizas de mis enemigos y consagrada al amor oscuro, indomable y protector del tiburón que me había devuelto la corona.






