Han pasado ya diecisiete años completos desde aquella noche de tormenta, gritos y huida que parecía ser el final absoluto de todo lo que conocían. Diecisiete años que equivalen a toda una vida nueva, construida sobre las ruinas de lo que quisieron destruir, levantada con manos cansadas pero decididas, regada con lágrimas que terminaron convirtiéndose en el agua que hizo crecer todo lo hermoso que hoy tienen. El tiempo ha dejado sus huellas suaves y nobles: las canas plateadas de Sebastián brillan con la luz del sol caribeño, su mirada es serena y profunda, llena de una sabiduría que solo dan las batallas ganadas con honor; Valeria conserva esa belleza dulce y fuerte que ni el dolor ni los años han podido marchitar, sus manos, marcadas por el trabajo y los abrazos, siguen siendo el refugio más cálido del mundo; y Matías, con diecisiete años recién cumplidos, se ha convertido en un joven hombre que detiene la mirada de cuantos lo conocen: alto, erguido, con la dignidad grabada en cada g
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