Pasaron tres meses desde que la verdad salió a la luz. La mansión, que antes respiraba frialdad y secretos, ahora se llenaba de risas, luz y el aroma a café y flores frescas que a Valeria tanto le gustaba. Doña Adela cumplía su condena en prisión, y aunque Sebastián sentía un peso en el alma por todo lo que había pasado con su madre, sabía que la justicia se había hecho. Él y Valeria habían decidido quedarse allí, no para conservar el pasado, sino para transformarlo en un hogar lleno de bienestar.Javier se había instalado en una casa cerca de ellos, y por primera vez en diez años dormía tranquilo por las noches. Había recuperado su vida, su nombre y la familia que creyó perder para siempre.Esa mañana, Valeria despertó con una sensación extraña: una mezcla de nervios y alegría que no podía explicar. Se sentó en el borde de la cama, llevándose una mano al vientre. Hacía días que se sentía diferente, más sensible, con una energía nueva que recorría todo su cuerpo. Sebastián entró en es
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